Los nuevos salvajes tecnificados

Cuesta mucho vernos a nosotros mismos como salvajes. Cuando pensamos en salvajes solemos imaginar a personas en un terrible estado de precariedad y sin los medios para poder acceder a un entorno "civilizado" que, básicamente, asociamos al poderío tecnológico al que somos capaces de acceder.
Ahora, en pleno siglo XXI y transitando en medio de una pandemia, se va develando que esa línea que separa nuestra condición de civilizados de ser unos bárbaros es muy muy delgada, y que no todo lo que brilla como tecnología es garantía de no ser un salvaje.
La prueba más masiva que se puede tener de eso es lo que vemos que sucede en las redes sociales. Es increíble lo que uno ve que acontece allí. Las redes sociales conjuntan dos factores que generan una combinación que parece desnudar el alma de las personas. Por un lado, las redes sociales son un espacio "sin ley" en donde uno puede externar lo que sea prácticamente con absoluta impunidad. Esto no es cualquier cosa pues finalmente se trata de un espacio público y lo cierto es que aún los espacios públicos se sujetan a leyes que obligan a cierta rectitud de acuerdo a las costumbres y normas de una sociedad y en donde no acatar esas reglas conlleva consecuencias. Pero, al ser las redes sociales virtuales y no encontrarse fuertemente regulado su uso entonces contamos con algo inédito, un espacio público sin obligaciones ni responsabilidades para aquellos que lo habitamos.
Por otro lado, hemos de considerar también que casi cualquier persona con un teléfono celular puede tener acceso a esas redes sociales lo cual ha permitido que en la actualidad las redes tengan tantos usuarios -habitantes- como un país grande. Si a esto le sumamos que la voz de una persona -imagenes, video, audio o texto- puede "subir" cualquier cosa que se le ocurra, nos encontramos otra vez ante un fenómeno inédito, esa voz puede tener un alcance inmediato a millones de personas. Es como si cada persona que accede a la red tuviera un megáfono que obliga a todos a escuchar. La primera consecuencia de esto es, literalmente, la multiplicación de ruido en las redes. Al parecer, todos queremos ser escuchados aunque, lo que se pone también de relieve es nuestra resistencia a escuchar a otros cuando el ruido es ensordecedor. De ahí que esa romántica idea de las redes sociales como anchas vías para favorecer el diálogo fue dinamitada por los mismos usuarios en la práctica. No, difícilmente se dialoga allí, pero le entra uno a la sesión de gritos con facilidad para intentar hacerse escuchar. Es algo similar a querer entablar un diálogo apacible dentro de un estadio de futbol con un partido muy intenso y lleno de fans echando porras y demás. La segunda consecuencia es que la idea de comunicación intercultural se fractura a pesar de que ciertamente no hay distancias geográficas en las redes pero descubrimos que hay distancias entre creencias y convicciones que han resultado aún más abismales que cualquier geografía. De modo que, si bien no hay fronteras físicas en las redes y se podría soñar el imaginario de mundialidad lo que vemos en la realidad es la fractura y reducción de los habitantes de la red en ciudadanías tribales, esto es, la pertenencia a grupos compatibles según creencias, modos de pensar y hasta modos de no pensar; las llamadas burbujas epistémicas. De ahí que vemos personas cómodamente atrincheradas en lo que llamo ignorancia erudita en donde se asume que la ignorancia de alguien es tan valiosa como el saber de otros en cuanto a valoración de la verdad por el sólo hecho de que así se cree y de que se puede cimentar la creencia en algo encontrado en internet sin importar la fuente, sea una Universidad prestigiosa o el blog de la brujita Lulú.
Y de ahí viene la tercera consecuencia. Una muy buena porción de información que transita en las redes sociales es sacada de contexto, distorsionada o francamente absurda pero que, dado que rebota y rebota por todos lados y al ser compartida por la gente pareciera que fuera ganando tracción como propuesta de algo verdadero. Lo que se encuentra detrás de esto es francamente terrorífico y levanta una alerta importante: es posible que la "era de la información" se haya terminado, a pesar de que ni siquiera hemos terminado de entenderla y beneficiarnos de sus aportes, y de que nos encontremos en el umbral de la "era de la reputación" -como bien señala la pensadora Gloria Origgi-. Esto significa que frente al alud de información al que somos expuestos diariamente y que literalmente nos causa una severa infoxicación -intoxicación por tanta información- además estamos moviendo nuestros referentes para validar la información y el conocimiento. Si bien tradicionalmente han existido "autoridades" del conocimiento, comúnmente identificados como expertos, ahora, y en virtud de la velocidad con la que hemos de "subir" nuestro punto de vista, o no nos damos tiempo de entender lo que ha sido argumentado o, despreciamos lo argumentado por los expertos por las dificultades técnicas del lenguaje y nuestra ignorancia sobre el tema en cuestión. Si bien no es fácil comunicar a los no expertos los saberes de las ciencias y la filosofía, muchas personas trabajan en ello, la divulgación. Aún así, parece que quizá la mayoría de las personas prefieren "diluír" la información en términos mucho más simples al punto en el que los conceptos y teorías son extirpados de sus marcos de referencia y hasta banalizados. Es ahí, cuando esos conceptos o ideas convertidos en frases se avientan un clavado en las redes y se esparcen por todo el mundo. Los habitantes de las redes se ven bombardeados por estos saberes desnaturalizados y han de elegir cuáles son verdaderos y, para ello, lo que hacen es elegir a otra persona, a una en quien confíen como "decidora de verdad" y asumen como verdadero lo que provenga de ella, de ahí nacen también el deseo de algunos "influencers", ya no expertos aunque la gente los asume como tales en muchas ocasiones. Esto va construyendo reputaciones y su popularidad crece al punto en el que se asume que son grandes conocedores de ciertos saberes independientemente de si lo son o no. Así pues, pesa más la reputación de personas o ciertas comunidades que los argumentos de verdad que puedan manejar. La elocuencia y lo convincente de sus expresiones bastan como verdades para su grupo de seguidores, la era de la reputación. Los nuevos bárbaros son sus mejores representantes y lo que vemos es su gran abundancia, son aquellos capaces de inyectarse o tomar desinfectante para protegerse del COVID-19 a pesar de estar rodeados de información cargada de evidencia que sugeriría no hacer una tal cosa. Y como ese ejemplo, hay muchos más.



Queda claro que las peleas de sordos con megáfonos pegados a la boca es lo de hoy en diversas plataformas de redes sociales, luchas sin ley, con impunidad y muchas veces en torno a las ideologías tribales y al jaloneo entre información y desinformación. Parece que estamos sumidos en una suerte de lucha por la reputación, que no el conocimiento, entre los nuevos magos, los nuevos ideólogos, los nuevos moralistas, los nuevos académicos y más, en la arena de las redes sociales. Y donde quienes ganen mayor reputación definirán la naturaleza del conocimiento y las reglas de la verdad. Vaya, es como una nueva Edad Media pero con teléfonos celulares en lugar de espadas. ¿Y el conocimiento apá?

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La pandemia y el aprendizaje autogestivo